Adriana Cabrera

“Juntos fundamos un curso de formación de maestros y seguimos compartiendo nuestra pasión por el yoga, el aprendizaje y la enseñanza".”

Nací el 22 de febrero de 1980 en Caracas, Venezuela. Mi padre fue un médico psiquiatra que dedicó su vida a la medicina y a la enseñanza pública, y mi madre, una emprendedora, fundó una empresa de consultoría en recursos humanos que lamentablemente se perdió durante más de dos décadas de dictadura.

A los 14 años tomé mi primera clase de danza contemporánea, y fue una experiencia que me cambió la vida. Mover mi cuerpo de una forma tan inusual despertó un fuego en mi corazón. Sin saberlo, en esa clase hice mi primera postura de yoga: karnapidasana. Aunque mi paso por la danza en ese momento fue breve—solo dos meses—, la chispa ya había sido encendida.

Para mi graduación de preparatoria, el dictamen de la psicóloga fue que yo era "buena para todo, pero no me gustaba nada". Y efectivamente, lo único que realmente me apasionaba era mover mi cuerpo. Sin embargo, como “nadie vive de bailar”, estudié administración de empresas. Durante la universidad, me uní al grupo de danza y fue allí donde, inesperadamente, recibimos una clase de algo llamado yoga. De nuevo, sentí esa llama arder y le pregunté al maestro dónde podía aprender más. Me envió con su maestro, Juan Carlos Linares, y así llegué a Carmen Colás, una maestra de 60 años que nos enseñaba en su departamento. Ella me enseñó la mayoría de las asanas que conozco y a cantar el Gayatri Mantra.

En Venezuela comenzaba a formarse un grupo de practicantes muy intensos, y nacieron las primeras escuelas de yoga. En 2002, bajo la tutela de mi maestra, comencé a dar clases en Yogashala Caracas, un estudio donde todos los maestros soñábamos con conocer a Sri Dharma Mittra, cuyo póster de 908 posturas adornaba nuestras paredes. Ese mismo año me gradué de la universidad y comencé a estudiar danza contemporánea de forma profesional.

En 2003, me fui un año a Francia, donde estudié Ashtanga con Philippe Monse, un maestro autorizado y amigo de Pattabhi Jois. Gané mis primeros euros dando clases de yoga a domicilio y en una peluquería después de cerrar. Ese verano, fui a Barcelona e intercambié clases por clases en el Barcelona Yoga Estudio.

Al regresar a Venezuela, retomé mi trabajo como maestra de yoga y empecé a trabajar en una cementera como analista de mercadeo. Mi rutina era intensa: practicaba yoga a las 6 am, trabajaba de 8 a 5 y daba clases cada noche. Tenía mucha energía en mis 20.

En 2007, me certifiqué en Rocket Yoga con David Kyle y ese mismo año conocí a Dharma Mittra. Sentí el hatha yoga hasta los huesos y desde ese momento se convirtió en mi práctica principal. Cada año viajaba a Nueva York para practicar con él.

En 2008, me trasladaron a Argentina por trabajo. Lo que iba a ser una estancia de dos meses se convirtió en cinco años, ya que la cementera fue expropiada en Venezuela. En Argentina, seguí trabajando y dando clases de yoga por las noches. Durante un taller de yoga con Baptiste Marceau, hijo de Marcel Marceau, dejé de comer carne.

En 2012, me trasladaron a México y fue allí donde decidí dejar el mundo corporativo y dedicarme de lleno al yoga. Vivía en un edificio donde conocí a unos arquitectos y les pregunté si tenían un lugar para montar un estudio de yoga. Me ofrecieron un espacio en construcción en Milán 44, Colonia Juárez. Así comenzó mi proyecto: BLANCOYOGA, que nació el 27 de junio de 2015.

El año anterior a la apertura de BLANCOYOGA, me fui a estudiar con Dharma Mittra. Fue allí donde conocí a Gerson Frau, quien se convertiría en un gran amigo, socio y padrino de mi hijo mayor. Juntos fundamos un curso de formación de maestros y seguimos compartiendo nuestra pasión por el yoga, el aprendizaje y la enseñanza.

Adriana Cabrera.